jueves, 30 de agosto de 2018

{Reciclando} Ambientadores


Anoche mi marido se ha encontró un ambiebtador de coche vacío, similar a este que aparece en la foto que encabeza la entrada. Me pasó una foto creyendo que era de mis “cosas de bruja”, y le dije que no pero que me lo trajera igualmente. Lo lavé a conciencia y aún queda la madera del tapón por secar pero ya luce como nuevo. 


 

Considero que compramos cosas sin fijarnos en que podemos utilizar aquello que nos rodea, algo que aprendí de niña con el libro “50 cosas que los niños pueden hacer para salvar la Tierra”. Seguro que muchas veces habéis visto botellitas con piedras pequeñas en su interior, con objetos que componen un fuerte trabajo e incluso algunas incluyen sangre humana (yo guardo la de mi menstruación para ofrecerla luego a la tierra). Estos ambientadores están al alcance de cualquiera, rondando los 2€ y los hay de diferentes aromas y con diferentes formas. Que si tenéis coche, son una alternativa ideal. De hecho, nosotros usamos estos mismos de Mercadona el de olor a frutos del bosque y funcionan muy bien. 

La rosca es de buena calidad, ¡solo hay que ver que en los baches no se cae ni se desparrama por todo el coche, creando el festival del olor! Así que, son perfectos para nuestros trabajos mágicos. Además, si queréis mejor seguridad, pueden sellarse con silicona caliente en el tapón y enroscar. Una vez se enfríe la silicona, no se abrirá. 

Podéis hacer una pequeña botella de bruja portátil, guardar pequeñas piedrecitas en la botella o todo lo que se os ocurra. Aquí os muestro un aceite con hojas de albahaca que he montado para utilizar como aceite de ungir. Por su tamaño, es muy útil para un altar de viaje. 


Recomendación: Para introducir líquidos, es buena idea tener una jeringuilla a mano.






miércoles, 29 de agosto de 2018

Mi conexión con el agua


¿Qué puedo decir que aquellos que me conocen no sepan ya? Vivo enamorada del agua en todas sus formas. Vamos a empezar por el principio y eso nos lleva al 17 de febrero de 1982 a un pequeño pueblo de Badajoz donde decidí nacer a eso de las 16:30 bajo el signo de Acuario, por supuesto. Posiblemente mi sangre acuarina no se conformaba con las tierras áridas del sur y gritaban en silencio por un cambio y posiblemente por ello, acabase viviendo en Lasarte-Oria, un pueblo de Guipúzcoa a escasos nueve kilómetros de San Sebastián. Mi infancia la pasé entre la plaza del pueblo y las playas guipuzcoanas, siendo La Concha siempre mi favorita. Puedo decir que todos los rostros del mar decidieron darme la bienvenida: la primera vez que fuimos a la playa había plaga de medusas y la segunda, una galerna nos obligó a volver a casa. Pero, por suerte, hubo muchas veces mas para regresar. Tengo fotos desnuda en la orilla con mi pala y mi cubo jugando a hacer castillos con foso con mi padre. En todas ellas aparezco con una sonrisa en los labios, jugando con el agua, feliz. 

Tuve una mala experiencia en una ocasión en la que el mar estaba picado. Mis padres estaban colocando la nevera, las sillas y las toallas y yo corrí al agua como siempre, para jugar con ella y refrescarme. En aquella ocasión el abrazo del mar fue más efusivo de lo normal, como si en parte quisiera mostrarme un rostro suyo que aún desconocía. Un rostro que me aterró durante años, impidiendo que volviera a pisar el agua. Solo sentirla por mis tobillos ya me hacía temblar, mis padres dicen que se me ponían los labios azules y que tenían que sacarme del agua. Pero mi padre no se rindió conmigo y un día, en una piscina, me lanzó a una zona donde no hacía pie, animándome a probar a salir por mí misma. Esa tarde aprendí a nadar. Esa tarde perdí el miedo al agua. Desde entonces, mi conexión con el mar ha ido en aumento día tras día. 

Tuvimos que mudarnos a Vitoria y siempre eché de menos el mar. Nunca sentí aquella nueva ciudad como mi hogar, no me sentía a gusto y solo deseaba volver a Lasarte-Oria, con mis amigos de allá, con mi mar. En una ocasión, fuimos con el colegio a una feria navideña en Bilbao y a la vuelta pasamos cerca de una playa. Había gente que nunca había visto el mar por lo que los profesores nos dejaron acercarnos a la playa. Ni corta ni perezosa, en pleno invierno vasco, me lancé al agua con ropa y todo… sin pensar en el constipado que tuve después. Pero, siempre diré que mereció la pena. 


Recuerdo que cuando tenía ocho años salió la película de La Sirenita de Disney y, aunque yo ya había visto una versión animada anterior —más fiel al cuento original—, pronto se convirtió en mi película favorita. Jugaba en la piscina con mis amigas a que éramos sirenas y, además en aquel entonces apareció también una serie de dibujos de una sirena llamada Marina que podía adquirir piernas con una poción que se acababa en unas horas. Y, por supuesto, 1, 2, 3 Splash! Una película de una sirena que puede tener piernas cuando está seca pero le regresa con una simple gota de agua. Sí… crecí en la era de las sirenas, aunque en 2000 esta era pareció regresar con la serie de H2O y actualmente con películas como Vaiana. Me defino a mí misma como una sirena atrapada en una pecera, pues, aunque no soy una nadadora excepcional, siento que el agua me llama y me pide que vuelva a ella. Por eso quizá siempre necesito tener bañera en casa, para mínimo una vez a la semana, prepararme un baño y sumergirme en el agua mientras me relajo. Suelo cubrir mis oídos con el agua para amortiguar cualquier sonido externo, cierro los ojos y me dejo llevar por la sensación de quietud que me transmite. Es como renovarme. No ha habido ocasión en la que un baño de estos no me haya ayudado a despejar temores o preocupaciones, como si todo ello se fuera por el desagüe al quitar el tapón.

Cuando vivía en Austria siempre echaba de menos la playa de La Concha y, siempre que visitaba a mis padres en Vitoria era visita obligada llevarme allí. Solo un año me fue imposible visitar San Sebastián y desde el avión vi la playa al regresar a Austria y rompí a llorar. Mi exmarido me prometió que nunca más me iría a Austria con esa pena, que aunque fuera cinco minutos, iríamos a que pisara la arena y sintiera a brisa del mar. En una mesita de casa, en Austria, tenía siempre agua recogida por mí de la playa de La Concha junto con arena de esa playa, para no sentirme tan lejos de lo que siempre denominaba mi hogar. Actualmente vivo en Valencia, estoy a 45 minutos de la playa en transporte público y casi a dos horas andando. Es extraño cómo ahora que tengo el mar tan cerca lo visito tan poco, mucho menos de lo que siempre decía que haría si viviera cerca de él. Siempre me propongo “este año iré mínimo una vez a la semana” y al final no cumplo. Pero también es cierto que, incluso sin verlo, sin ir a su orilla, al estar en esta ciudad lo siento siempre presente y no noto esa apremiante necesidad de coger un metro para verlo. Quizá sea la humedad del ambiente quien me trae el susurro del agua diciéndome que está a mi lado aunque no lo visite tanto como le prometí… Y ese bote con agua de La Concha sigue estando a día de hoy conmigo, ahora en el altar de las aguas. 

Pero, he dicho que me gustaba el agua en todas sus formas y solo he hablado del mar, aunque he dejado caer también las piscinas… adoro la lluvia, me fascinan las tormentas y el olor que traen con ellas. Siempre he considerado que los besos de película en un atardecer junto al mar son maravillosos pero, los que se dan bajo la lluvia están infravalorados. Me gusta cuando viajo, llevar una botella y rellenarla con agua de las fuentes de la zona —esto me provocó una gastroenteritis en el valle de El Jerte—, pero necesito siempre probarla, como si así me llevara conmigo una parte importante y viva de ese lugar, yo lo llamo la peregrinación de las aguas. 


Ríos, lagos, pozas naturales, cascadas… todas tienen un encanto especial para mí y de todos ellos busco mitos o historias relacionadas. Posiblemente sin saberlo siempre he rendido culto a las aguas. Además, desde los siete años decía que Poseidón era mi padre porque descubrí la mitología griega gracias a una serie de animación donde salían su reencarnación y la de Athena (Caballeros del Zodíaco) y fue con ellos con quienes despertó mi ansia de conocimiento de las culturas antiguas. Poseidón, como señor del mar era perfecto para mí. Alguien que podría comprender mi obsesión por el mar y los océanos.

Pero, la nieve también es especial para mí. De pequeña, le daba la bienvenida con las primeras nevadas besando un puñado de nieve de alféizar de mi ventana. Decía que era madre, sinceramente no sé por qué, pero años después, en Austria, conocí el cuento de Frau Hölle, una anciana que ahueca sus almohadones y las plumas de este es la nieve que nos cae. A mis hijos, cuando nieva, les digo que el señor del castillo está tallando figuras de hielo —referencia a Eduardo Manostijeras—. El hielo tiene un efecto peculiar en mí, me gusta la sensación de frío y humedad que deja en la piel cuando la recorre y me gusta comerlo y sentir cómo se derrite e incluso morderlo. En su estado vaporoso me gusta observarla en las nubes, cuando preparo un té y sale el vapor de la tetera y cuando lleno mi bañera con agua caliente en invierno. Como dije en un principio, la amo en todas sus formas. 

Quizá por eso le rindo culto, porque siento que ella me otorga mucha felicidad simplemente existiendo y yo siento la necesidad de adorarla de una manera especial para agradecerle todo lo que hace por mí día tras día. Ella llena mis tazas de infusiones cada día, limpia mi cuerpo, me revitaliza cuando no tengo fuerzas, quita mi sed, me inspira a escribir cuando llueve, me acuna cuando me dejo llevar por ella. Está constantemente a mi lado para lo que necesito y yo quiero comprometerme con ella, ser una guardiana de su mundo, protegerla cuando peligre y estar en comunión con ella.