jueves, 15 de noviembre de 2018

El tarot y yo


Suelo utilizar el Tarot pero menos de lo que me gustaría. Acudo a él en momentos difíciles, cuando no encuentro una salida o alternativa posible a usa situación que me sobrepasa. Soy una mujer muy impulsiva y tiendo a cometer errores por no pararme a pensar en otras soluciones y no la primera que me viene y el Tarot consigue que mínimo durante lo que dura esa tirada, me centre en buscas soluciones y modos de actuar.
Muchos ya sabéis que tengo muchísimas barajas de Tarot y oráculos (90 creo recordar 🙄), algunas por puro coleccionismo y otras porque me funcionan muy bien. Lo más importante para mí en una baraja es que las cartas me “hablen”, que sus imágenes me transmitan algo. Suelo tomar una carta, mirar su imagen y tratar de buscar una historia que explique lo que veo o tratar de empatizar con la situación que se muestra. También necesito que las cartas sean resistentes porque si son muy finas, al barajarlas se doblan y arrugan y ese deterioro me duele demasiado. A esto le puse solución plastificándolas. También hay otros que tienen mucho dorado que “salta” con el uso (el Nefertari Tarot, por ejemplo) que, de nuevo, por miedo al deterioro, son más de coleccionismo que de uso.


Hay una tirada que me funciona muy bien, es El montículo de las hadas, del que hablé en esta entrada. Me va genial desde el primer día en que la usé y yo siempre digo que si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?
Para sentarme a una tirada necesito siempre algunas velas, incienso, piedras/cristales relacionados con aquello que consulto, bolígrafo, cuaderno y una taza de té. Hago varias respiraciones profundas con la baraja entre las manos y después barajo pensando en aquello que quiero consultar.
Me gusta conseguir cajas de madera para mis mazos de Tarot y oráculos pero, teniendo tantos, se hace difícil por lo que recurro en ocasiones a bolsas de tela o a dejarlos en sus cajas de cartón originales.


Cuando compro barajas de segunda mano me gusta dejarlas en mi altar todo un mes lunar. Me gusta en menguante y nueva hacer una limpieza dejándola en el altar con algún cristal encima y en creciente-llena consagrarla a mi servicio. Suelo llevarla conmigo un tiempo (en el bolso si salgo y en un bolsillo si estoy en casa), para familiarizarnos la una con la otra.
Mi Tarot favorito y el que lleva conmigo desde 2005 es El anillo de las hadas, es claro y certero. No se anda con medias tintas y no me ha fallado nunca.


Mi Samhain


Desde hace más de quince años celebro Samhain cada 31 de octubre. Normalmente no celebro solo esa noche Dino los días previos y posteriores, a veces puedo estar una semana dedicándome al altar y a actividades relacionadas con esta festividad. Suelo colocar el mantel y las fotos de difuntos el primer día, otro coloco veladoras, otro las ofrendas... lo que siempre hago todos esos días es hablarles. Al pasar por el altar o mientras lo monto, les dedico unas palabras. A veces a uno de ellos en concreto y otras a todos en general.
Nunca faltan las fotos de mis difuntos (mi abuelo Antonio, mi abuela Inés, mi bisabuela Antonia —aunque yo la llamaba “abuela vieja”—, mi tía Mari, mi abuelo Kiko y mi abuela Cathy). Este año ha pasado algo curioso y es que siempre guardo las fotos juntas en una caja con sus marcos y sus cuencos de cristal para las ofrendas. Siempre están todos juntos. Este año la foto de mi abuela Cathy no ha aparecido ni tampoco su cuenco. Esto me ha hecho pensar. Quizá debo empezar a ser más honesta con mi altar. Desde hace muchos años estoy desvinculada de la familia de mi madre. Desde que me casé y me fui a Austria. Toda su familia me ignoro los casi siete años que estuve allí. Ni llamadas, ni cartas... nada. Y siempre he renegado de ellos por eso. Entonces me pregunto, ¿por qué sigo colocando sus fotos y sus comidas preferidas cada Samhain? Supongo que por tradición, costumbre y respeto.
Este año he tardado más en montar el altar, justo lo monté la noche del 31, porque estuve cosiendo un mantel y lo lavé al acabar la labor pero hasta la tarde del 31 no se secó. Aquí os dejo foto del dibujo del mantel.


Intento mantenerme fiel a la tradición de ponerles velas y ofrendas a los difuntos y de hacer una meditación donde desterrar lo malo del año y hacer propósitos para el siguiente. Si bien antes decoraba siempre alguna calabaza y la colocaba en el altar, este año no he sentido que me represente esa tradición y he prescindido de ella.
Me gusta en esta época comer crema de calabaza por ser un producto de la época y beber mistela, una bebida típica valenciana.
Hay varios textos y canciones que leo y canto en la noche de Samhain y que tenéis recopilados en esta entrada.





Están aquí

Debo decir que yo he tenido muy poca conexión con mis familiares porque vivían en Extremadura y yo en el País Vasco por lo que es difícil para mí tener esa relación que muchos tienen con sus abuelos, tíos, primos... ya que a la mayoría solo los veía unos días en agosto. Pero sí es cierto que hubo algunos que en mayor o menor medida dejaron una huella en mí y, aunque no he llegado a sentirlos a mi lado tras su partida, sí que hay cosas que despiertan mis recuerdos, los evocan.
Por ejemplo, en el caso de mi abuelo paterno, Antonio, es una costumbre mía comer fresas con nata cada 14 de febrero, día de su cumpleaños, porque era su postre favorito.
Con mi abuelo materno, Kiko, no he vuelto a comer migas desde su muerte porque me duele demasiado saber que no más hizo él. Cada verano me preguntaba qué quería comer y le pedía migas con sardinas. Él sonreía y se ponía a rebanar pan duro toda la mañana para concederme el capricho. Además, le encantaban las almendras garrapiñadas y siempre que era la feria del pueblo le compraba una bolsa y nos las comíamos. Adivinad quién tampoco ha vuelto a ser capaz de comer almendras garrapiñadas...
De mi abuela Inés os hablé en esta entrada y por él sabréis que mi mejor manera de tenerla presente es honrando su apodo (la Zorra) y ostentándolo con orgullo. De hecho, quiero tatuarme un zorrito para tenerla siempre conmigo aunque ahora siempre estará representada en mi casa gracias a esta muñeca que encargué a Dancing Goddess Dolls.


Creo que no hay sonidos ni lugares concretos aunque sí tengo una tremenda espinita en mi corazón: que se vendiera la casa de mis abuelos paternos, donde tantos veranos me bañé con mis primas y mi abuelo en una piscina que él mismo nos construyó. Fue muy duro saber que otra familia ocupaba ahora aquella casa donde guardo tantos recuerdos. Esa calle Corredera del pueblo de Orellana la Vieja será siempre especial para mí, pasen los años que pasen. Aunque no recuerde sus voces, me quedan sus fotografías y los recuerdos, más borrosos cada vez y siempre en esta fecha me gusta recordarlos y honrarlos por todo lo que me aportaron y en mi niñez no supe valorar.


De pequeña, al morir mi abuelo paterno, soñé con él, la noche de su velatorio. Aparecía vestido de blanco y me decía que no llorara, que sabía lo mucho que le había querido y que volveríamos a vernos pero que debía irse porque tenía cosas que hacer. Quizá por eso no los siento cerca, no noto su presencia etérea porque desde muy niña he creído que parten a cumplir con otra misión. Pero algún día, todos volveremos a reunirnos, ante un plato de migas, cuencos repletos de fresas con nata y la alegría del reencuentro.

Ancestros || Inés


Aquí os presento a mi abuela paterna, Inés Cabrera Cerro, nacida el 5 de marzo 1921. Sus padres, mis bisabuelos, eran Eusebio y Loreta. De hecho, de su padre viene el apodo familia de los Zorros. Mi bisabuelo vivía en el pueblo (Orellana la Vieja, en Badajoz) pero trabajaba en un olivar y una huerta que tenía y en la sierra y se iba allí con su mula desde que salía el sol hasta tarde en la noche que volvía a casa con su familia. Y en el pueblo empezaron a decir que “bajaba al pueblo por las noches como las zorras” (que bajan a robar huevos). Así, mi bisabuelo pasó a ser “el tío Zorra”.
De niña, cuando iba al pueblo, los de allí decían “es nieta de Inés, la Zorra” y claro, me hervían los higadillos por la connotación negativa de la palabra en el lenguaje coloquial español. Porque que mi padre y su hermano fuesen “los zorritos”, pase pero que las hermanas fuesen “zorritas”... y OJO mis primas y yo... “las zorrillas” pues como que me molestaba mucho. Pero, poco a poco he aprendido a sentirme muy orgullosa de ser nieta de Inés, la Zorra.
Voy a ser sincera, cuando era pequeña y desde que murió su marido, mi abuelo Antonio, no me gustaba mucho ir a su casa. No era muy niñera, a veces parecía que le molestaba tener niños en casa. Pero mis primas y yo nos juntábamos allí cada agosto en vacaciones y jugábamos en el enorme patio trastero de la casa.

Como anécdotas graciosas contaré que recuerdo la casa siempre plagada de regueros de hormigas, o que una vez comiendo natillas caseras, dentro había cristales... porque se le rompió el azucarero de cristal y claro, no iba a tirar el azúcar. Lo barrió y recogió y lo metió en otro azucarero 🤣
La recuerdo haciendo ganchillo, con las gafas justo en la punta de la nariz y mirando de reojo a la tele. Es extraño... pero me doy cuenta de que recuerdo su olor cuando la besaba o la abrazaba. No sabría describirlo pero puedo evocarlo en mi memoria como si la tuviera delante.
No tenía ni buena ni mala relación con ella. Era mi abuela, la veía un mes al año y poco más. Era algo te siempre me apenaba en fechas señaladas como por ejemplo, Navidad. Todos mis compañeros de clase hablaban de encuentros familiares y yo solo estaba con mis padres porque casi toda la familia estaba en Extremadura.
El 25 de enero de 2002 fallecía mi abuela y fue con su muerte cuando yo empecé a conocerla mejor. Quizá porque ya no era una niña —tenía veinte años— y quizá porque ahora que a mi padre le faltaba su madre y necesitaba hablar más de ella. Supe que vendió las tierras de mi bisabuelo para darle dinero a mi padre cuando yo nací para poder mudarnos y pagarnos un piso en Lasarte-Oria (Guipúzcoa), donde viví hasta mis cinco años. Esto me hizo sentirme muy culpable. Siempre la tuve como una abuela tacaña que nunca me daba regalos (fue algo que me insinuaba mi abuela materna siempre, preguntándome si mi abuela paterna me daba la paga o me compraba cosas).
Desde entonces, es posiblemente mi antepasado más honrado en estas fechas. Si bien en España es tradición ir al cementerio a limpiar lápidas y poner flores, yo prefiero poner sus fotos en mi altar con una vela para cada uno y un cuenco de cristal con su comida favorita, chorizo en el caso de mi abuela. El año pasado supe por mi amiga Sjel (que es asatru) que en estas fechas escriben cartas a sus difuntos y dije que este año adoptaría esa costumbre.


Además, hace un mes solicité a Kelli, propietaria de Dancing Goddess Dolls que me hiciera una muy especial para este Samhain: vestida de negro, con pelo canoso y un zorro bordado en su ropa junto a unas bellotas, ya que la bellota es el símbolo de Extremadura.

Curiosidades || El origen de Bluetooth


Este es el rey Harald Bluetooth (dientes azules) Gormsson de Dinamarca y Noruega. Su apodo le viene de la gran cantidad de arándanos que comía, que tiñeron sus dientes. Comúnmente visto como un gran unificador, inspiró la tecnología bluetooth (porque une dispositivos) Y el logo son las runas nórdicas de sus iniciales.


Cuando se le pidió a Jim Kardach que desarrollara tecnología inalámbrica para dispositivos portátiles en Intel, estaba leyendo The Long Ships (1941-1945), una novela de aventuras históricas sobre los vikingos que cuenta con el rey Harald Bluetooth, el rey que gobernó sobre todas las tribus en Dinamarca desde el año 958 y luego logró conquistar partes de Noruega, haciendo que todas las diferentes tribus se comunicaran y se unieran.
Cuando Jim Kardach desarrolló la tecnología y logró que diferentes tipos de dispositivos se comunicaran de forma inalámbrica, lo llamó Bluetooth, porque la tecnología y King Bluetooth tenían el mismo propósito: la unidad y la comunicación entre diferentes grupos.
El logotipo de Bluetooth es la combinación de "H" y "B", las iniciales de Harald Bluetooth, escritas en las antiguas letras utilizadas por los vikingos, que se llaman "runas".

Ahora, ¿por qué se llamó Harald Bluetooth? No está muy claro. La palabra danesa que significa "azul" hoy también significa "oscuro" en el pasado, por lo que el Rey Harald era quizás algo "Oscuro". O bien tenía dientes muy malos que le valieron el apodo de "Diente Oscuro", o el apodo es un error en la traducción de las palabras que significan "Jefe Oscuro", o realmente había algo azul en él.
En cualquier caso, se le conoce como Bluetooth y tenemos sus iniciales escritas en runas en nuestros ordenadores, teléfonos inteligentes o tablets. Solo encontrad la configuración de Bluetooth, encendedlo y veréis aparecer esas letras antiguas en la barra de menú en la parte superior de vuestra pantalla.